“Es que cuando está dentro mío duele, la piel se resquebraja por la fuerza de sus dedos. Pero cuando se aleja y me deja como cuerpo usado, como una concha estirada y penetrada, el dolor es peor.” (p. 126)
“Y, decime, ¿qué se siente al ser abusada?” (López, 2018, p. 135).
Así finaliza la novela de Belén López, con una pregunta, sobre la cual gira todo el texto, y cuyas respuestas solo se pueden bordear, rasgar y hacer sangrar a lo largo de un discurso fragmentario que se teje a través de las voces de lxs involucradxs. Me gustaría centrarme en dos cuestiones que me parece el texto propone, primero en las (im)posibilidades del lenguaje para tratar de responder esa pregunta y, segundo, en la necesidad de que esta siga abierta, ya que desde mi punto de vista hay una liviana constelación de textos y discursos que se atreven a romper el pacto de silencio en torno al tabú de la violación –en la infancia– y la violencia sexual en el espacio íntimo del entorno familiar.
La cultura de la violación
Según datos internacionales “[m]ás de 370 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad –esto es, una de cada ocho– han sufrido violaciones o abusos sexuales antes de los 18 años, según nuevas estimaciones de UNICEF[1] publicadas [a octubre del 2024]”.[2] A pesar de ser una realidad con números alarmantes, sigue siendo un tema sobre el cual se habla poco, o que queda subsumido por la llamada “violencia de género” y su forma más extrema los “feminicidios”. No obstante, la violencia hacia las mujeres existe –incluso– en etapas de desarrollo previas a que estas se conciban a sí mismas como mujeres, es decir, desde la infancia. Por tratarse de una etapa particularmente vulnerable del ser humano, y por encontrarse en pleno desarrollo psíquico, cognitivo, social, emocional, corporal etc. los procesos de memoria se van articulando con el dominio del lenguaje y con las experiencias, por todo esto, los niños y las niñas son víctimas más fácilmente manipulables y con mayores posibilidades de impunidad para lxs agresores.
Los factores mencionados, sumado a la manipulación emocional y a los propios mecanismos de nuestro cerebro para protegernos del trauma (el olvido o tachadura de hechos dolorosos, incluso la negación) dificulta que las víctimas puedan defenderse e, incluso influye en que estas duden de los hechos vividos, tengan recuerdos borrosos y fragmentarios o se autocensuren. Un hecho de violencia sexual en la infancia nunca está desmarcado de su contexto a distinta escala –familiar, social, cultural, educativo, religioso, etc.– y todos los factores de ese contexto determinarán las posibilidades de denuncia, sanción y reparación de las víctimas, por esto mismo son muchísimas las que ni siquiera pueden aún hablar de ello.
El feminismo, desde sus inicios, ha venido constando las limitaciones, vulneraciones y violencias que significa nacer ‘mujer’ en una sociedad patriarcal. Dice Virginie Despentes en Teoría King Kong que “[n]unca iguales [a los hombres], nuestros cuerpos de mujer. Nunca seguras, nunca como ellos. Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero” (41), estemos o no de acuerdo con esta afirmación, basta que nazca una niña para que se vuelva una ‘potencial víctima’ de violencia, ya que las normas de género se instalan y operan desde que nacemos, con las niñas hay que tener ‘otras precauciones’, sobre todo en el que se supone es el espacio más peligroso, el público, por eso las niñas regresan antes a casa, ojalá en grupo, en taxi, acompañadas, poniendo en aviso a sus progenitores o adultos responsables de su paradero, etc. Esas ‘preocupaciones’ son en el fondo ‘regulaciones’ de género, no digo que esté mal tenerlas, pero la pregunta es ¿por qué hay tenerlas? ¿por qué aún la sociedad no es un lugar seguro para todxs? O en específico ¿por qué las mujeres –en pleno siglo XXI– aún caminamos con miedo?
Sobre este asunto, Adrienne Rich recurre a una cita de Susan Griffin que dice:
“(..) Más que la violación, lo que impregna nuestras vidas es el temor a ser violadas. Y cómo manejamos día tras día esta experiencia que nos dice, sin palabras, directamente al corazón: «Tu existencia, tu experiencia, puede acabar en cualquier momento». Tu experiencia puede acabar y la mejor defensa frente a ello es no ser, negar que tu persona forma parte del cuerpo (…), apartar la mirada, hacer menos notoria tu presencia en el mundo”. (173)[3]
El problema de que ciertos cuerpos sean ‘potencialmente violables’ y otros no, puede abordarse a partir de lo que Brigitte Vasallo ha llamado “cultura de la violación”. Para efectos de esta reflexión separaré las experiencias de las mujeres en dos espacios: el público (calle-ciudad) y el privado (casa familiar), acentúando la importancia de este último, justamente, porque el texto de López, pero también el de otras autoras que abordan la temática de la violación y la violencia sexual, como por ejemplo, el cuento “Pornomiseria” (en Piñen 2019) de la escritora mapuche-chilena Daniela Catrileo o la narración Ella soy yo (2019) de Marta Suria-Vázquez, en el contexto español, develan y denuncian los secretos y las violencias perpetradas en el espacio privado, supuestamente ‘seguro’ para las mujeres; en efecto, estas escrituras cuestionan y tensionan el mito de que la calle sea el único lugar ‘peligroso’ para estas y se rompe la burbuja ‘protectora’ del hogar familiar.
Brigitte Vasallo, plantea que más allá de hombres violadores y mujeres violadas es más propicio pensar el problema de la cultura de la violación en términos de poder, “de situaciones de poder estructural afianzado por mecanismos de cosificación de las posiciones subalternizadas en esas mismas estructuras” (15), así analiza la cosificación del cuerpo violable en el marco de la “construcción de su violabilidad”, la que se articularía a través de constructos sociales entre los cuales menciona, por ejemplo, “la violación como mérito del objeto” y “el cuerpo-madre” entendido como continente del honor, la patria, la cultura. Así, violar a una mujer es violar a su pueblo en el contexto nación y, violar a una niña-hija es violar a su padre, al jefe de la familia, es decir, es una cuestión de hombres, el cuerpo de las mujeres es reducido a objeto –potencialmente violable– donde lo que está en disputa es el poder de unos u otros. Sobre esto, considero, que la cultura de la violación sólo puede ser comprendida en la medida que visibilizamos la violencia sobre la que se ha cimentado la propia ‘civilización’ y el ejercicio de pensar el cómo se entrecruzan, nutren y mutan las múltiples violencias en un contexto determinado; en suma, no es nada nuevo. Por esto, Despentes señala categóricamente: “dejen de hacernos creer que la violencia sexual contra las mujeres es un fenómeno reciente, o propio de un grupo específico” (44).

El lenguaje de la violencia y la violencia del silencio
Siguiendo con Despentes, esta señala que “[c]omo en la mayoría de las violaciones” (41), hay mujeres violadas, pero no violadores, ya que “ninguno … se identifica como violador” (ídem). Así, esta se sostiene en una paradoja, la amenaza patente y latente para las mujeres y en la negación e invisibilidad –prácticamente– absoluta de los hombres, por lo tanto, a pesar de ser una experiencia que cruza la historia de la humanidad, sigue siendo ‘algo’ de lo que no se habla, es decir, un tabú.
Se ha investigado sobre la violencia sexual y la violación como arma de guerra (Rita Segato, Urvashi Butalia, Brigitte Vasallo, etc.), así violar –principalmente– a las mujeres del pueblo/territorio sometido es símbolo de dominación, pero también de denostación y humillación de los vencidos. Por esto, el cuerpo violado es el instrumento (objeto) sobre el cual recae la vergüenza, es lo intercambiado (Gayle Rubin) y quien encarna la derrota. Pero ¿cómo entender este esquema en el contexto familiar? ¿a quién humilla un padre que viola a su propia hija? ¿sobre qué/a quién domina?
La complejidad de este asunto me parece mayor, sustancialmente, porque hay afectos, lazos sanguineos y dependencia –en algunos casos absoluta– de las víctimas al agresor, por tratarse de uno de los padres, de algún familiar directo o político, con el que pasan tiempo a solas, es decir, un integrante cercano en el que confían –casi– ciegamente. Dice Suria-Vázquez[4] «Soy una de cada cuatro de las niñas que en España son víctimas de abuso sexual infantil. También soy una del 60% que lo sufre de manos de una persona del entorno familiar. Soy una de cada dos, donde los casos no son aislados, sino repetidos y continuados» (2019). El gesto de la escritora española de incorporar datos tan escalofriantes como estos, al inicio de su relato es una forma de gritar que la violación en el contexto familiar no es un caso aislado y tampoco inusual, al decir de Despentes, “nos obstinamos en hacer como si la violación fuera algo extraordinario y periférico, fuera de la sexualidad, evitable” (58). Así, estos datos chocan y polemizan la ‘narrativa oficial’ de la violación, aquella que es consecuencia de una transgresión de género, ya sea por estar en un lugar y en un momento desafortunado, vestida de cierta forma, en definitiva, por arriesgarse más de la cuenta.
La transgresión de una mujer a las reglas regulatorias del género, parece explicar (¿justificar?) que esta se encuentre con la figura espectral de ‘el violador’, un ser extraordinario, monstruoso, mitológico que se distancia de los demás hombres. Las autoras que he citado, justamente, refutan esa narrativa y lo hacen con un lenguaje transgresor que emerge desde el silencio, pero principalmente desde la herida profunda de la superviviencia y la doble victimización a la que se ven expuestas quienes optan por denunciar judicial y/o públicamente la violencia sexual. Esto, porque se pone en duda su palabra y deben someterse a un sistema judicial que le exije la repetición de un relato veraz y coherente de los hechos, es decir, convincente. De este modo, parece más fácil desacreditar y desalentar a la víctima que al victimario.
Cuando Gayle Rubin habla sobre el “intercambio de mujeres” (1986) plantea que la civilización se ha cimentado sobre el tabú del incesto, y como todo tabú su poder descansa en la imposibilidad de ser nombrado, no porque en efecto no pueda decirse, sino porque no hay receptores dispuestos a escuchar, ni un discurso (narrativa) del cual valerse, dicho de otra forma, existe en el plano de lo real, pero no de lo simbólico, de la cultura. Las víctimas de violación, principalmente, en el entorno familiar chocan con un muro de silencio que difícilmente pueden atravesar, ya que no cuentan con un repertorio de palabras o una tradición simbólica a la que puedan recurrir para explicar y decir lo que les ha ocurrido y cómo se sienten.
Así, parece ser que la única forma de decir la violencia es acercarse el abismo, es decir, expresar de la forma más directa y referencial posible el abuso y la agresión. En ese sentido, pienso que lo que nos parece más violento, no es –estrictamente– el lenguaje en sí mismo, sino el hecho de ponerlo en palabras. Las palabras hacen visible la violencia de un hecho inscrito en el silencio, en lo velado, en la negación y la tachadura social. Considero que no hay otra forma de nombrar la violencia que no sea violentamente, o dicho de otra manera, decir/escuchar lo no dicho nos parece violento porque abre una grieta en un territorio aparentemente llano. De esta forma, el lenguaje se vuelve arma, a veces, la única capaz de devolver la humanidad a lxs víctimas, ya que como dice Françoise Collin, “[g]racias al levantamiento del movimiento feminista, las mujeres han atribuido palabras a un dolor hasta entonces mudo. Han nombrado su humillación, arrancándosela a lo humillante del silencio. La han encarado” (164). Desde mi punto de vista, nada más esclarecedor que la siguiente cita extraída del libro de López Peiró:
“[g]olpearlos con mi única arma, contarles cada detalle, incomodarlos. Hablar durante una hora, recordarles cómo es su torno negro desnudo, y lo incómodo que es despertarse con sus dedos adentro. Reconocer en sus caras los gestos de desprecio y de compasión, dejar que me den una palmada en el hombro, y seguir, seguir hablando (…) No parar, evitar que me interrumpan, vomitarles la mierda encima, que ahora olía bien, porque ya no era solamente mía; para que cada vez que lo vean a él, cada vez que él se aparezca en sus casas o le agarre la mano a una de sus hijas puedan sentir miedo”. (2020, p. 36)
Así, la fuerza de la palabra parece ser lo único que sopesa el daño, y el único alivio, si es que este es posible. Destaqué la palabra “incomodar” porque apunta justamente a lo que busco resaltar en este texto, el hecho de que muchas veces preferimos no escuchar, taparnos los oidos y los ojos para no incomodarnos, es decir, para que no se mueva nada, para que todo siga su curso, me pregunto entonces ¿qué es más violento, que te violen o el hecho de no poder hablarlo?
La violencia sexual como genealogía
El Pater familias, el padre de la casa, es la figura que lidera la microestructura social de la familia, en esencia jerárquica. Figura, por cierto, alimentada por la construcción de una masculinidad y virilidad que, como bien plantea Virginie Despentes constituyen la “mística masculina”, la que se construye “como si fuera peligrosa, criminal e incontrolable por naturaleza, [así d]etrás del velo del control de la sexualidad femenina aparece el objetivo principal de lo político: formar el carácter viril como asocial, pulsional, brutal. La violación sirve como medio para afirmar esta constatación” (pp. 59-60).
Uno de los ‘peligros’ de que las mujeres tomaran la palabra, por supuesto, en el espacio público, y que se constituyan como sujetos[5] es –justamente– traer a debate sus experiencias, crear las palabras imposibles y politizar una experiencia que lejos de ser individual es colectiva, es decir, no es asunto de unas pocas, sino que un problema sistémico y estructural, que se gesta en el núcleo de la sociedad: la familia. Plantea Marx: “[l]a familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature,[6] todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado” (ctd en Engels, 2017, p. 23); así, según lo planteado por Marx, la familia sería la célula de la sociedad, por tanto, observarla sería una forma de entender y abordar dinámicas a mayor escala. En perspectiva, los modelos de producción cambiaron, asimismo la participación de las mujeres en distintas esferas del espacio público, pero las dinámicas sexo-genéricas se mantuvieron dentro del hogar, de hecho, la violencia de género en el contexto doméstico –muchas veces– es la antesala de la violencia sexual.
La consigna feminista de la segunda ola, “lo personal es político”, me parece que sigue vigente en los tiempos que corren, principalmente, porque tras los años de silenciamiento y vejaciones a las que siguen sometidas las mujeres en distintos lugares del mundo, son muchos ‘los trapos sucios que hay que sacar al sol’. En esta línea, los textos de López, Catrileo y Suria-Vázquez me parecen medulares para plantear dos cuestiones: primero, que las violaciones tanto en el espacio público como privado no son casos excepcionales, sino que es un asunto colectivo y, segundo, que atraviesa la historia de las mujeres, incluso, dentro de una misma familia, es decir, es un daño o herida genealógica. El relato de Daniela Catrileo finaliza con el testimonio de la abuela de la protagonista (Carolina), quien le confiesa que su padre había abusado de ella en la infancia, asimismo, su madre le confiesa el origen de lo que encarnó muchos años como trauma, el abuso reiterativo cometido por uno de sus tíos. Así, el cuento se desmarca del silencio cómplice preponderante en la cultura, rompe el pacto de silencio, denuncia, nombra e inscribe en el lenguaje, la violación, el incesto, el abuso que marcó los cuerpos de las mujeres de su familia, somatizado como trauma. Se rompe el secreto de la familia patriarcal y los objetos violables se transforman en sujetos de denuncia.
Cuando Despentes, con justa razón, señala en 2006 que “[e]s asombroso que las mujeres no digamos nada a las niñas, que no haya ninguna transmisión de saber, ni de consignas de supervivencia, ni de consejos prácticos y simples. Nada” (48), vaticina de alguna forma un corpus que, como estos textos, paulatinamente y desde distintos contextos van conformando esa “consigna de supervivencia”, ese grito de denuncia y ese gesto político de inscribir en el espacio público y en el registro simbólico la humillación, el (auto)desprecio y la vergüenza a quien corresponde, al agresor, al violador, y a todos los encubridores –padre, madre, familiares, etc.– porque su silencio los convierte en cómplices y/o colaboradores pasivos de violencia sexual.[7] Tal como expone López sin titubeos, el mirar hacia otro lado o callar ante hechos como estos, “es aceptar y promover brutalidades de un hombre que cree que puede tomar prestada la niñez de una mujer y destrozarla” (p. 49).
Bibliografía
- Brigitte Vasallo. “Cultura de la violación: de Colonia a Abu Ghraib”. En Cultura de la violación. Apuntes de los feminismos decoloniales y contrahegemónicos. 2017.
- Catrileo, Daniela. Piñen. Las afueras, 2022.
- Collin, Françoise. Praxis de la diferencia. Liberación y libertad. Icaria, 2006.
- Despentes, Virginie. Teoría King Kong. Trad. Paul Preciado, Literatura Random House, 2021.
- Engels, Friedrich. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Archivo Marx-Engels de la Sección en Español del Marxists Internet Archive (www.marxists.org), 2017, [1884]. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/el_origen_de_la_familia.pdf
- López, Belén. Por qué volvías cada verano. Las afueras, 2020.
- Rubin, Gayle. “El tráfico de mujeres: Notas sobre la ‘economía política’ del sexo”. Nueva Antropología, Vol. VIII, Nº 30, 1986, pp. 95-145.
- Suria-Vásquez, Marta. Ella soy yo. Circulo de Tiza, 2019.
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[1] El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.
[3] Originalmente en el libro: Rape: The Power of Consciousness.
[4] Es un pseudónimo para proteger la identidad de la mujer y las implicancias legales tras lo relatado.
[5] Este concepto lo entiendo como ––usando la definición de raíz arendtiana que propone Françoise Collin–– el “poder ‘aparecer por la palabra y por la acción’ en el mundo público y privado, volverse actores, actrices, del mundo común” (2006, p. 31).
[6] Significa “a pequeña escala”.
[7] Para evaluar la trascendencia de este tema en los feminismos me gustaría resaltar la performance llamada “Un violador en tu camino” o “El violador eres tú” del colectivo feminista LASTESIS de Valparaíso (Chile), que se masificó y dio la vuelta al mundo en el 2019. Debido a este impacto, LASTESIS fueron incluidas dentro del Time 100 de las personas más influyentes del año 2020 a nivel global.



