El mundo contempla el fin de los derechos de las mujeres en Afganistán

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Actualmente, mientras en nuestro entorno debatimos sobre conciliación, derechos o brechas salariales, a miles de kilómetros de aquí hay millones de mujeres a las que, literalmente, les acaban de prohibir existir.

A veces miramos la situación de las mujeres en Afganistán como si fuera una película de terror lejana, pero es una realidad asfixiante que ocurre ahora mismo. Siempre pensamos «ya no les pueden quitar nada más», y los talibanes no paran de sorprender. Lo último ha sido la aprobación de la Ley de Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio, una normativa extrema que prohíbe que se escuche la voz de una mujer en público. No pueden cantar, no pueden leer y ni siquiera pueden hablar fuera de sus casas porque su voz se considera «íntima» y pecaminosa. Estar en la calle para ellas significa ser un fantasma silencioso atrapado de forma obligatoria en un burka negro.

A raíz de esta ley, nació un movimiento de resistencia digital impresionante. La protesta: decenas de mujeres de dentro y fuera del país empezaron a grabarse en vídeo cantando en sus casas o mostrando solo un trozo de su rostro. Utilizan etiquetas como #MyVoiceIsNotForbidden (Mi voz no está prohibida) para desafiar al régimen en las redes.

La lista de prohibiciones de las mujeres talibanes es tan salvaje que da la sensación de que lo único que les falta por legislar es el aire. Amnistía Internacional denuncia que las mujeres tienen prohibido estudiar más allá de la escuela primaria, viajar solas si no es acompañadas por un guardián varón (mahram), e incluso tienen vetado el acceso a parques públicos y gimnasios. A esto se le suma la reciente reforma de su código de familia, que desprotege por completo a la infancia al habilitar de forma legal el matrimonio forzado de niñas a partir de los 10 años.

Todo es extremo y cruel, pero, lo que está costando vidas en silencio y que organizaciones internacionales tildan de auténtico apartheid de género (término donde un gobierno segrega y oprime de manera total y sistemática a las personas por su sexo o género), es el colapso sanitario. Por ley, las mujeres tienen prohibido estudiar carreras de medicina, enfermería y obstetricia. Al mismo tiempo, los médicos varones tienen estrictamente prohibido atender, examinar o tocar a pacientes mujeres.

La consecuencia real de esta crisis humanitaria en Afganistán es de una violencia letal: al ir desapareciendo las médicas, miles de mujeres se están quedando sin asistencia sanitaria básica. Esto ha disparado la tasa de mortalidad materna e infantil en el país a niveles críticos, convirtiendo los partos en sus propias casas en una ruleta rusa que pone en peligro miles de vidas humanas.

Lo que más rabia da es el silencio internacional. Mientras ellas resisten en escuelas clandestinas y se juegan la vida cada mañana, los gobiernos occidentales miran hacia otro lado ante esta vulneración de los derechos humanos de las mujeres. De hecho, la propia Unión Europea ha cruzado líneas rojas morales al sentarse a negociar formalmente con delegaciones talibanes. No podemos normalizar este nivel de crueldad. Desde ventanas digitales como esta tenemos la obligación de seguir escribiendo, de seguir gritando por las que han sido obligadas a callar y de recordar que los derechos humanos no son negociables en ninguna parte del mundo.

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