Las ficciones alrededor de monstruos siempre han sido un pilar clave dentro de la cultura queer. El caso de los vampiros no podía ser una excepción. Desde referentes románticos como El vampiro (1810) de John Polidori, donde la figura sobrenatural fascina al protagonista masculino, hasta la reciente adaptación de la saga de Anne Rice Entrevista con el vampiro, estas criaturas han estado vinculadas a la comunidad LGTB+. En la nueva versión, los personajes se presentan abiertamente queer. Incluso, las tramas se integran a los tiempos actuales.
Ni siquiera el que se considera el gran pilar de la «cultura vampírica» está alejado de estas asociaciones. En numerosas ocasiones, se ha destacado la obra Drácula (1897) de Bram Stoker como una en la que se desafían los límites de la masculinidad. Tal es el caso de Jonathan Harker, cuyas características han llevado a interpretarlo como un personaje queer. También se han hecho lecturas similares sobre el propio conde.
La figura del vampiro, bajo ese velo erotizado que le ha acompañado a lo largo de los años, se ha utilizado tradicionalmente para encarnar fuerzas oscuras, deseos reprimidos y experiencias sexuales no permitidas. Un ejemplo de esto es la reciente película de Robert Eggers Nosferatu (2024). La interpretación más viral gira en torno a la sexualidad y la culpa de Ellen. Además, de este remake también se ha hablado desde una perspectiva queer. Muchos fans han resaltado la bisexualidad de tres de los elementos clave de la película: Ellen, Thomas y el conde Orlok.
Carmilla, la primera mujer vampiro
Entre todas las obras de vampiros, hay una que llama especialmente la atención: Carmilla (1872) de Joseph Thomas Sheridan Le Fanu. Su relevancia no solo radica en la aparición de un monstruo lésbico y la creación del arquetipo de vampiro femenino clásico, sino también en su papel como precursora de Drácula.
Carmilla narra la historia de Laura, una joven que vive con su padre en un castillo rodeado de naturaleza en Austria. Su vida cambia cuando un misterioso carruaje trae a Carmilla, otra chica aparentemente de su edad. Entre ambas se desarrolla una relación estrecha e íntima, fácilmente interpretable como atracción. Incluso hace pensar en una relación amorosa entre ellas. La novela concluye con la revelación de Carmilla como vampiro y su posterior muerte. A pesar de ello, Laura, quien actúa como narradora, confiesa con temor en las últimas páginas que no ha sido capaz de olvidar esa experiencia.
Mujeres y deseo en el siglo XIX
¿Cuál era la situación de las mujeres como Laura en el siglo XIX? A principios de siglo, los roles binarios se definieron con mayor rigidez. Se contraponía la mujer «modesta» y «pasiva» frente al hombre «fuerte» y «dominante». Esto implicaba que las mujeres quedaban relegadas a los espacios privados, como el hogar y la familia. Mientras tanto, los espacios públicos eran esencialmente masculinos.
A pesar de que a medida que el siglo avanzaba las mujeres ganaban algo de independencia, seguían subordinadas al hombre y al marido. No es de extrañar que, en un contexto tan hostil para las identidades femeninas, el deseo sexual fuera reprimido y humillado. De nuevo, es imposible ignorar la versión de Ellen en Nosferatu (2024). Se observa cómo esto afecta al personaje y la forma en que la sociedad la juzga. Al fin y al cabo, la vergüenza hacia su deseo refleja los conflictos de la época.

Queerness y miedos victorianos
En la época de Carmilla, la homosexualidad se consideraba una desviación tanto castigada como perseguida. Sin embargo, las relaciones entre mujeres eran invisibles. Eso no significaba que no fueran condenadas. La homosexualidad femenina se veía como un desorden mental. Se interpretaba esa atracción como el ansia oculto de ocupar la posición del hombre. Además, el deseo femenino era impensable. La importancia de la familia y el rol reproductivo al que estaba relegada la sexualidad de la mujer impedían su reconocimiento.
Tampoco es sorprendente que la figura del monstruo o del vampiro victoriano se usara para representar los miedos propios de la época en torno a la orientación sexual y los roles de género. Como indica William A. Tringali en su estudio Not Just Dead, But Gay! Queerness and the Vampire, «lo que se reprime en estas novelas es la queerness». La figura del vampiro resulta especialmente interesante, ya que su naturaleza implica la capacidad de transformar mediante el intercambio de fluidos (sangre). Este proceso puede leerse como una metáfora de la transmisión de deseos y transgresiones.
Volviendo al caso de Carmilla, aparece como un doble peligro para la sociedad patriarcal de su época, tanto por mujer como por lesbiana.
Vampiros y lesbianas
Los vampiros se describen como criaturas atrayentes cuya misma forma de alimentarse puede leerse como un acto erótico. No dudan en usar estas cualidades para seducir a sus víctimas. Habitualmente, se centran en una única persona a la que persiguen con obsesión.
Como se mencionó antes, el personaje de Carmilla resulta perfecto para transmitir los miedos de la época sobre las identidades queer y la posición de la mujer. Su figura fusiona las características idílicas de las jóvenes del siglo XIX: es pasiva y suave. Sin embargo, bajo esa imagen se oculta su verdadera naturaleza de monstruo. Esta dualidad refleja los temores asociados a la queerness. La relación con Laura es física desde el primer momento, generando una intimidad impropia de las amistades femeninas de la época.
Carmilla adopta una actitud de cortejo hacia Laura, lo que refleja el miedo a que la mujer abandone el rol pasivo. Aunque la atracción es mutua, las dos tienen actitudes diferentes. Mientras que Laura siente vergüenza e incluso repulsión por su deseo, Carmilla nunca lo rechaza. Justamente eso la convierte en un verdadero monstruo. Los sentimientos contradictorios de Laura pueden interpretarse como una forma de homofobia interiorizada. Además, es importante destacar que las víctimas de Carmilla son siempre mujeres jóvenes, a quienes «contagia» con una terrible enfermedad.
Homofobia vs. reivindicación
A pesar de que la relación entre Laura y Carmilla se ha convertido en un ícono de la representación sáfica, no hay que olvidar el contexto de la obra. En su época, las intenciones de Le Fanu no buscaban dar visibilidad. Sin embargo, como ha ocurrido en muchas otras ocasiones, la historia ha sido reivindicada y apropiada dentro de la cultura queer.
La estirpe de vampiros femeninos después de Carmilla ha sido variada y su relación con el colectivo, estrecha. Desde la película La hija de Drácula (1972) hasta Marceline en Hora de Aventuras, e incluso pasando por Gabrielle en Entrevista con el vampiro, la historia de los vampiros es también la historia de la propia queerness.
Bibliografía
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