¿Hay playa y toalla para todas?
Si tuviéramos que elegir del imaginario colectivo el momento del año más fácilmente idealizable, el verano estaría sin duda entre los primeros: vacaciones, playa, solazo… Es difícil resistirse a la promesa de un tiempo libre en el que por fin podemos hacer aquello que hemos ido posponiendo durante el resto del año.
Sin embargo, cuando bajamos del terreno de la idealización a la realidad, la pregunta es inevitable: ¿es realmente así?, o mejor dicho, ¿para quién es así?
El verano, en realidad, no es una experiencia homogénea ni neutral. Aunque se presenta como una pausa universal, está profundamente atravesado por desigualdades sociales, de género y de clase. En muchos casos funciona como un amplificador de las brechas que ya existen durante el año, aquellas que, gracias a pequeños paliativos comunitarios o institucionales, han podido pasar algo más desapercibidas.
Así, durante los meses estivales se intensifican algunas problemáticas: aumentan las situaciones de violencia machista en determinados contextos, ya que pasamos mucho más tiempo “cohabitando”; se debilitan las redes de apoyo cotidianas de menores que dependen de la escuela como espacio de protección y de cuidado, e incluso como acceso básico a un plato de comida caliente; y se hace más visible la presión sobre los cuerpos, particularmente a través del bodyshaming y de la llamada “operación bikini”. Al mismo tiempo, la brecha de clase se vuelve más evidente: unas sirven paellas en Formentera y otros se las comen.
El verano, en ese sentido, no es tanto un escenario común como un espejo en el que solo se reflejan algunas realidades. No hay relato para quien se queda en su ciudad o pueblo de origen, ni para quien no encaja en ninguna prenda de baño de las que vende Inditex. Las narrativas mainstream del verano son, en gran medida parciales, cuando no directamente falsas. Además, lo que durante el resto del año puede quedar parcialmente amortiguado por rutinas, instituciones y redes de apoyo, en estos meses aparece con mayor crudeza. Lejos de ser un tiempo suspendido de la realidad, el verano es también una forma de revelarla. El calor también derrite la pantalla de esa ficción veraniega.
Más allá de cómo combatir todo esto, que es lo que nos encantaría hacer a todas, quizá la pregunta sea otra: ¿no deberíamos ser más cuidadosas con los relatos que reproducimos, y más conscientes de a quién dejan fuera? Transformar los imaginarios cuesta, precisamente porque la idealización funciona como un parche eficaz para aquello que no encaja en la promesa del bienestar generalizado.
La verdad es que es una pena que no haya una beca para irse de vacaciones… aunque, pensándolo bien, lo urgente quizá no sea financiar el descanso, sino dejar de fingir que es igual para todo el mundo.



