Cuando amar se convierte en riesgo

El ataque a Pascal Kaiser revela cómo la homofobia sigue amenazando a personas LGTBIQ+ que expresan su amor públicamente.

Pascal Kaiser, árbitro alemán, pidió matrimonio a su pareja en el partido de la Bundesliga entre el FC Köln y el Wolfsburgo. Algo que, en teoría, debería celebrarse como un acto de amor ha acabado revelando el mundo en el que vivimos: ha recibido amenazas, se ha filtrado de su domicilio, ha sido víctima de acoso y, finalmente, ha sufrido una intolerable agresión física.

De la visibilidad al castigo

La narrativa tras esta violencia es clarísima: se pretende crear un marco en el que se acepte la visibilidad como una provocación, como si simplemente existir siendo “diferente”, (diferente a aquellos que ejercen la violencia) mereciera un castigo con el que generar un régimen disciplinario.

Privilegio, norma y violencia disciplinaria

Lo que ocurre con Pascal no es un hecho aislado. Es una señal de alarma sobre cómo funcionan las jerarquías de poder y el privilegio en nuestra sociedad. Las personas que se ubican al margen de las normas aceptadas socialmente, (por su orientación sexual, su género, su raza o su identidad) son sometidas a una violencia disciplinaria constante. No siempre es directa; a veces es silenciosa o simbólica, pero condiciona lo que podemos hacer, cómo podemos amar o simplemente existir sin miedo.
La agresión a Pascal es la expresión extrema de esa lógica. Cuando los discursos que deshumanizan a quienes viven fuera del privilegio se normalizan, y no hay penalizaciones sociales ni jurídicas, la sensación de impunidad crece.

Cuando el discurso legitima la agresión

Hoy, discursos que se apropian de palabras como “libertad” o “dictadura woke”, legitiman la hostilidad hacia quienes se salen de la norma. Son las semillas de la violencia que luego se concreta en palizas, amenazas y miedo constante. Así se reproduce el estigma: la sociedad valida indirectamente que la “diferencia” pueda ser castigada.

Este es el peligro de normalizar discursos, que describen la diversidad como una amenaza, y que mercantilizan una supuesta “libertad de expresión” para convertirla en amparo para la violencia. Y es, sobre todo, un recordatorio brutal de que en nuestra sociedad todavía existe un orden jerárquico que decide quién merece sentirse seguro y quién no.

El gesto de Pascal Kaiser debería haber sido celebrado. En cambio, nos recuerda que mientras no cuestionemos las raíces del privilegio y la normalización del odio, amar fuera de la norma sigue siendo un acto de riesgo. Pero el riesgo real viene de salirse de cualquier norma impuesta por quienes deciden qué es aceptable y qué no. Y no podemos seguir tolerando que sus discursos no tengan consecuencias.

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