La cantante estadounidense Meghan Trainor y su marido Daryl Sabara anunciaron el nacimiento de su tercera hija, Mikey Moon Trainor, llegada al mundo el pasado 18 de enero a través de un vientre de alquiler (gestación subrogada). La noticia fue compartida en redes sociales el 20 de enero, acompañada de imágenes familiares y expresiones de gratitud hacia la mujer que llevó al bebé y el equipo médico que participó en el proceso.
Trainor explicó en entrevistas que recurrir a la subrogación no fue una decisión tomada a la ligera, sino el resultado de “largas conversaciones con los médicos” y la búsqueda de lo que la pareja consideró el camino “más seguro” para ampliar su familia tras experiencias difíciles en embarazos anteriores.
Sin embargo, la práctica ha polarizado opiniones en redes sociales y sectores de la opinión pública, donde muchos han cuestionado el trasfondo ético y social de esta forma de maternidad.
Críticas éticas y feministas: ¿Dónde quedan los cuerpos gestantes?
Si bien algunos defienden el derecho de las personas a formar familia de múltiples maneras, incluyendo la subrogación, hay voces feministas y de derechos humanos que consideran que la gestación subrogada comercial representa una forma de explotación reproductiva.
Expertas en crítica feminista señalan que esta práctica puede:
-
Commodificar el cuerpo de las mujeres, tratándolo como una mera herramienta para satisfacer deseos reproductivos de personas con recursos económicos, reforzando dinámicas de desigualdad entre mujeres con mayor o menor poder adquisitivo.
-
Contribuir a una forma moderna de apropiación de cuerpos femeninos, donde su capacidad reproductiva queda supeditada al mercado más que a la autonomía corporal.
-
Perpetuar la desigualdad estructural entre mujeres, particularmente cuando las gestantes provienen de contextos económicos vulnerables.
Además, iniciativas como la Declaración de Casablanca —un documento internacional promovido por académicas, juristas y activistas, entre ellas la feminista Olivia Maurel— llaman a la abolición global de la gestación subrogada al considerarla un atentado contra la dignidad humana de mujeres y niños, planteando que incluso puede implicar una forma de tráfico o comercio de seres humanos bajo la apariencia de servicios médicos.
En palabras de Maurel, nacida a través de esa misma práctica y convertida ahora en voz crítica del movimiento anti-GPA (Gestación por Sustitución), “los niños no deberían ser nunca ‘sujetos de transacción’”, y la subrogación representa un mercado lucrativo accesible sobre todo para las personas con recursos.
Debate social más allá de la celebridad
La reacción al anuncio ha sido diversa: mientras seguidores felicitan a la pareja por la llegada de su hija, otros usuarios califican las publicaciones como “performativas” o denuncian que la subrogación refuerza la idea de que los cuerpos de mujeres pobres están disponibles para uso reproductivo de quienes pueden pagarlo.
La polémica se intensificó tras la publicación de una imagen en la que Meghan Trainor aparece sin ropa, con la recién nacida colocada sobre su pecho, recreando visualmente una escena de posparto pese a no haber gestado ni parido a la bebé. Para numerosas activistas feministas, este tipo de escenificación borra deliberadamente a la mujer que sí pasó por el embarazo, el parto y el riesgo físico, apropiándose simbólicamente de una experiencia corporal que no le pertenece y reforzando la idea de que la gestación es un servicio intercambiable.
Este debate no se limita a Meghan Trainor —en España, por ejemplo, temas como este han generado movilizaciones de colectivos feministas que rechazan que se normalice o legalice la gestación subrogada, argumentando que no es solamente una cuestión de derechos individuales, sino de justicia social y de protección de los derechos de las mujeres y los menores.



