La Super Bowl 2026 fue ayer y hoy lo único que aparece en mi feed de Instagram y LinkedIn no es fútbol, sino análisis sobre la estrategia comunicacional y el espectáculo que ofreció Bad Bunny. Y, sinceramente, normal. Ayer no se jugó solo una final: se disputó un relato cultural.
Una actuación que no dejó indiferente a nadie y que confirmó, una vez más, lo que Benito lleva tiempo diciendo en sus letras: “Ahora todos quieren ser latinos”. Bueno, todos no. Trump ya se ha encargado de decir que ha sido la peor Super Bowl que ha visto en su vida (y eso que habrá visto unas cuantas…). Pero quizá ese rechazo no sea un fallo del show, sino la prueba de que el mensaje llegó exactamente donde tenía que llegar.
América es un continente, no un país
Bad Bunny se encargó de enseñarle a Estados Unidos —y al resto del mundo— que América es un continente, no un país. Que ellos forman parte, sí, pero que también lo hacen Puerto Rico, México, Colombia, Perú, Cuba y cada uno de los nombres que resonaron antes del ya mítico God Bless America. Un gesto simple, pero profundamente político: aquí estamos, siempre hemos estado y no vamos a pedir permiso para existir.
En quince minutos, Benito Ocasio recordó que la cultura latina no se improvisa, se hereda. Que quedarse dormida en una silla en mitad de una fiesta familiar, rodeada de veinte tíos, música alta y platos compartidos, no es desorden: es hogar. Que ser latino es una mezcla constante de raíces, costumbres, paisajes y, sobre todo, ritmos. Que somos muchas cosas a la vez y que ahí está la riqueza.
Los invitados de lujo
Y entonces apareció Lady Gaga. No como un cameo vacío ni como una concesión al público anglosajón, sino como un mensaje clarísimo: la fiesta latina no discrimina, integra. Aquí no se expulsa a nadie por no haber nacido dentro, se invita a aprender, a bailar, a mezclarse. Los estadounidenses también pueden formar parte de esta celebración sin apropiarse de ella. Porque la cultura latina no levanta muros, abre pistas de baile.

Después llegó Ricky Martin, cuya aparición no fue solo nostalgia: fue memoria. Ricky representa a esos primeros latinos que sonaban en Estados Unidos cuando cantar en español en el mainstream era casi un acto de resistencia. Los que caminaron para que hoy Bad Bunny pueda correr. Los que abrieron puertas a codazos, para que ahora otros las crucen con orgullo y sin pedir traducción.
Y si algo terminó de cerrar el círculo fue La Casita. Ese espacio íntimo, simbólico, lleno de rostros conocidos que no estaban ahí por postureo, sino por pertenencia. Karol G, Pedro Pascal, Cardi B y otras figuras latinas que hoy están en el punto de mira global, pero que no esconden ni suavizan sus orígenes. Personas que triunfan sin borrar el acento, sin cambiar el apellido, sin dejar atrás de dónde vienen. Porque el éxito ya no exige blanquear la identidad.
Bad Bunny también nos enseñó que soñar es gratis, pero cumplir los sueños requiere memoria, raíces y valentía. Que un chico de Puerto Rico puede llegar hasta aquí sin dejar de ser quien es. Y que, a veces, la revolución no entra con pancartas, sino con música, baile y una fiesta que se parece demasiado a casa.
La diversidad no es amenaza
El halftime show no fue solo música. Fue política sin discurso, orgullo sin banderas impuestas y una celebración colectiva que dijo, sin gritar, que la diversidad no amenaza: enriquece. Que se puede ocupar el escenario más visto del mundo hablando español, bailando ritmos latinos y colocando la cultura que siempre fue periférica en el centro absoluto.
Ayer no ganó solo un equipo. Ayer ganó una cultura que durante años fue mirada por encima del hombro y que hoy marca el ritmo. Y le guste o no a Trump, América son muchas Américas. Y anoche, todas bailaron.



