En medio del caos humanitario que atraviesa Ceuta tras la entrada masiva de personas procedentes de Marruecos hace un mes, hay una realidad devastadora que merece ser contada por sí misma: la violencia y el acoso sexual sistemático que están sufriendo las mujeres y niñas migrantes.
Lejos de los focos institucionales, en la barriada del Príncipe Alfonso o junto a la mezquita de Sidi Embarek, los campamentos vecinales improvisados se han convertido en el único escudo para cientos de ellas. Sin embargo, las cifras oficiales ya reflejan una tragedia ineludible: la Fiscalía General del Estado ha registrado 23 agresiones sexuales a migrantes en la ciudad autónoma desde el inicio de la crisis. Detrás de este frío balance se esconde el horror de cinco violaciones consumadas y el perfil de una vulnerabilidad extrema: nueve de las víctimas son menores de entre 14 y 17 años.
Cuando la calle se convierte en una zona de terror
«Se desató una violencia sexual y un acoso que nosotros no hemos conocido nunca», relata con crudeza Uzman Bersabé, portavoz del Movimiento Social y Vecinal de Ceuta. El activista explica que las mujeres llegaron aterrorizadas tras deambular por las calles. La situación obligó a los voluntarios a decretar un «toque de queda» interno a las nueve de la noche para las residentes de los campamentos. El motivo es trágicamente simple: si se quedan en la calle, el peligro continúa.
Los testimonios recogidos por organizaciones como UNICEF o Amnistía Internacional coinciden en el diagnóstico. En un entorno saturado y sin infraestructuras adecuadas, actividades tan básicas como dormir, cambiarse de ropa o ir al aseo por la noche se transforman en momentos de altísima inseguridad. La dimensión de la crisis en Ceuta se comprende mejor al analizar la composición de las personas que siguen atrapadas en la ciudad autónoma:
- Menores en desamparo: El Gobierno cifra en 760 las niñas que permanecen en Ceuta, de las cuales unas 300 dependen todavía de entidades vecinales bajo custodia policial. No obstante, el tejido asociativo advierte de un desfase institucional y estima que la cifra real de menores (niños y niñas) supera ampliamente los 4.000.
- La franja más vulnerable: Entre las menores identificadas por el Ejecutivo, 233 tienen menos de 12 años.
- Atención especializada: Las nueve menores víctimas de agresiones sexuales están siendo atendidas en el Centro de Crisis 24 horas de la Sin embargo, los voluntarios insisten en que la ayuda psicológica especializada en el terreno sigue siendo insuficiente para absorber el trauma.
La violencia sexual no tiene pasaporte
Uno de los debates más espinosos y propensos a la manipulación política es el origen de los agresores. Los datos provisionales de la Fiscalía; de los ocho presuntos autores identificados formalmente hasta el momento, la diversidad geográfica es absoluta: cuatro son marroquíes, tres son españoles y uno es de nacionalidad belga.
Este dato pone de manifiesto una verdad universal que el populismo prefiere ignorar: la violencia sexual no pertenece a una nacionalidad, una raza o una religión. La responsabilidad penal es siempre individual. Utilizar el sufrimiento de mujeres y niñas violadas como arma arrojadiza para alimentar la xenofobia no solo es éticamente reprobable, sino que desvía el foco de lo verdaderamente urgente: proteger a la víctima.
La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, ha calificado de «imprescindible» acelerar el traslado de los menores no acompañados a la península para descongestionar un sistema de protección ceutí absolutamente desbordado. El traslado es urgente, pero la prevención inmediata lo es aún más. Proteger con perspectiva de género no consiste únicamente en poner psicólogos a disposición de la víctima después de que el daño ya esté hecho. Implica diseñar la acogida humanitaria pensando en su seguridad:
- Garantizar iluminación suficiente en los caminos y accesos
- Disponer de aseos cerrados, individuales y vigilados exclusivamente para mujeres y niños.
- Ofrecer atención médica y psicológica a pie de campamento para detectar crisis de ansiedad, desmayos y síntomas de estrés postraumático antes de que deriven en tragedias mayores.
Más allá de la estadística en momentos de terror absoluto como este, solo nos queda exigir una seguridad como nación, la protección frente a la barbarie sexual tanto de los vecinos ceutíes como de las mujeres y niñas víctimas de ella, que no puede ser tratada como un lujo o una medida secundaria.



