Yo también soy una feminista de mierda

Este pantalón no me entra. He engordado. Tendré que controlar un poco más la comida. Pero tía, tienes conciencia, sabes perfectamente que sentirte mal por haber engordado no nace de ti. Sabes que vivimos en un sistema que nos educa para ocupar poco espacio, para desear ser pequeñas, delgadas, discretas, deseables. Sabes que la gordofobia existe.

Sabes que tu valor no depende de una talla. Pues no te sientas mal. Pero me siento mal. No deberías.

¿Cuántas veces hemos tenido este diálogo interno? ¿Cuántas hemos sentido culpa, no solo por algo que nos dolía, sino por el simple hecho de que nos doliera? Es una situación extraña. Acabamos sintiéndonos mal por sentirnos mal. La pescadilla que se muerde la cola. Como si haber desarrollado conciencia feminista nos obligara a dejar de experimentar, de un plumazo, los efectos de toda una vida de socialización. Ojalá pudiera ser así, qué fácil; la realidad es que la conciencia no nos inmuniza.

Comprender cómo opera el patriarcado no hace que desaparezcan sus efectos. Del mismo modo que conocer la existencia del racismo no impide sufrirlo o, muchas veces sin intención, perpetuarlo; saber que la belleza es un mandato no hace que dejemos de sentir presión por cumplirlo. Y, sin embargo, muchas veces vivimos nuestras contradicciones como un fracaso individual. Como si cada vez que nos depilamos, cada vez que queremos gustar, cada vez que sentimos miedo a engordar o cada vez que disfrutamos de un artista cuyas letras objetivan a las mujeres, estuviéramos suspendiendo un examen de feminismo.

La culpa aparece entonces como una especie de policía interior. Nos recuerda constantemente que no estamos siendo suficientemente coherentes. Que deberíamos hacerlo mejor. Que una feminista «de verdad» no sentiría determinadas cosas. Pero quizá esa sea una trampa más.

El patriarcado ya dedica suficiente energía a vigilarnos. No hace falta que nos convirtamos también nosotras en nuestras propias vigilantes.O al menos que lo hagamos de una forma dolorosa e hiriente. Esto no significa renunciar a la crítica. Al contrario. Significa entender que el feminismo no consiste en alcanzar un estado de pureza política imposible, sino en desarrollar herramientas para preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos.

¿Por qué necesito ser la más simpática con los hombres de mi entorno? ¿Por qué sigo depilándome? ¿Por qué me preocupa tanto mi cuerpo? ¿Por qué sigo consumiendo determinados productos culturales? No para castigarnos, sino para comprendernos. Porque no todas las decisiones nacen del mismo lugar. Algunas responden a la supervivencia, otras al deseo de pertenecer, otras a la comodidad. Otras simplemente a que vivimos inmersas en una cultura de la que nadie sale completamente intacta.

Quizá instaurar la duda feminista sea mucho más útil que perseguir la perfección feminista. Dudar de lo que hacemos, de lo que deseamos, incluso de nuestras propias certezas.

Descartes proponía la duda como método para acercarse al conocimiento. Salvando las enormes distancias, y haciendo honor a uno de los pocos filósofos clásicos que no dedicó demasiados esfuerzos a justificar la inferioridad de las mujeres, quizá el feminismo también necesite esa duda constante. No para encontrar mujeres perfectas, siino para dejar de castigarnos por no serlo.

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