¿Conoces a la negra que trabaja en la calle Comercio?

Foto por Nappy / Pexels

Una reflexión sobre el racismo desde una experiencia personal.

El título de este artículo es una pregunta que he escuchado varias veces. ¿Por qué, por compartir el mismo color de piel con otra persona, debo conocerla? ¿Acaso todas las personas blancas se conocen entre sí?

Las personas negras no somos «lo raro» ni «lo diferente». Somos muchas y con variedad etnica extremadamente grande. Pretender que todas nos conocemos es un poco absurdo porque no hay una regla que diga que las personas del mismo color de piel deben conocerse (El continente africano es muy grande) y es imposible conocernos entre nosotros todos.

Este tipo de comentarios no solo son reductores, sino que forman parte de un sistema de pensamiento racista que, a menudo, pasa desapercibido incluso para quienes lo practican.

¿Qué es el racismo?

bell hooks define el racismo como un sistema de dominación estructural que privilegia a un grupo sobre otro en función de la raza. No se trata solo de actos individuales de prejuicio, sino de un sistema institucionalizado que sostiene la supremacía blanca.

Por su parte, Toni Morrison describe el racismo como un mecanismo de deshumanización y control, diseñado para mantener la supremacía blanca negando la humanidad, la historia y la identidad de las personas negras.

Históricamente, el racismo tiene raíces profundas en ideas jerárquicas de diferencias humanas innatas. Estas ideas se consolidaron con prácticas como el comercio transatlántico de esclavos y el colonialismo, que no solo marcaron políticas públicas, sino que también moldearon la percepción social de las personas negras como inferiores.

Negra… negrita

Personalmente, no tengo problema con mi color de piel. Es parte de mi identidad y me siento orgullosa de mi negritud. Sin embargo, resulta evidente que, para algunas personas, mi color de piel se percibe como algo negativo, algo que puede ser usado para etiquetarme y, en última instancia, inferiorizarme.

Cuando me llaman «negra» o «negrita», no se refieren solo a mi color, sino que me colocan en un nivel de inferioridad, una categoría fija donde no puedo «subir». Mi negritud, que para mí es un motivo de orgullo, se convierte en una barrera social en un entorno donde la mayoría de las personas no comparten mi color de piel.

No sabía esto antes de vivir en un entorno donde soy minoría. Es aquí donde he aprendido que esas palabras no son inocentes. Están cargadas de siglos de racismo, de asociaciones negativas que debemos cuestionar y transformar.

Foto en primer plano de manos cerca del rostro de una mujer.
Pexels / Créditos: cottonbro studio

El poder de las palabras y las etiquetas

Cuando reducimos a alguien a su color de piel, estamos borrando su historia, su identidad y su humanidad. Mi nombre, por ejemplo, lleva toda mi historia de vida, mis experiencias, mis raíces. No tiene nada que ver con mi color de piel.

En España, tal vez el color negro tiene asociaciones muy negativas, y debemos trabajar colectivamente para eliminar esas connotaciones. Sin embargo, la solución no está únicamente en resignificar el color, sino en cuestionar y transformar las percepciones racistas que lo acompañan.

No uso la palabra «racista» para culpar, sino para nombrar un fenómeno que debemos entender a profundidad. Solo cuando lo hacemos visible, podemos comenzar a desmontarlo.

Más allá de las etiquetas

El racismo no es simplemente una cuestión de comentarios aislados o prejuicios personales. Es un sistema profundamente arraigado que afecta tanto a los oprimidos como a los opresores. Como bien lo expresa Maya Angelou, el racismo es una fuerza social y psicológica que deshumaniza a ambas partes: a quienes lo sufren, negándoles su humanidad, y a quienes lo perpetúan, privándolos de su capacidad de empatizar y conectar con los demás.

Reducir a alguien a su color de piel no solo borra su identidad y su historia de vida, sino que también refuerza un sistema de dominación que perpetúa desigualdades y estigmas. No podemos permitir que las etiquetas definan a las personas; debemos ir más allá de lo visible y reconocer la riqueza de cada individuo.

Decir «es así en todo el mundo» (era una respuesta que he recibido) no es una excusa válida para justificar estas dinámicas. El racismo no es un fenómeno inevitable ni natural, sino un constructo social que puede ser desaprendido. Para ello, debemos enfrentarlo con una mirada crítica y comprometida.

El racismo nos afecta a todas las personas. Nos roba la posibilidad de construir una sociedad más justa, empática y cohesionada. Superar el racismo requiere un esfuerzo colectivo: reconocerlo, cuestionarlo y trabajar para desmantelarlo en todas sus formas.

Paso a paso al cambio social

El racismo no es solo una etiqueta, es un sistema que nos divide, nos limita y nos deshumaniza. Vivir en un mundo que categoriza a las personas por el color de su piel es aceptar que seguimos perpetuando las mismas viejas heridas que nos separan. Pero es posible transformar este sistema, empezando por cuestionar las etiquetas que nos asignan y ver más allá de lo superficial. La verdadera lucha está en reconocer la humanidad de cada persona, más allá de su color, género o historia.

El cambio social empieza con pequeños gestos: cuestionar nuestras propias percepciones, desafiar las normas impuestas y, sobre todo, practicar la solidaridad. Nosotras, las personas negras, no somos una excepción. Nuestra historia, nuestras luchas y nuestras voces merecen ser escuchadas, no reducidas a un estereotipo.

Es hora de dejar de definirnos por el color de nuestra piel y empezar a construir una sociedad en la que todos, independientemente de su origen o apariencia, puedan ser vistos en su totalidad. Porque el verdadero cambio social sólo llegará cuando entendamos que nuestras historias no nos separan, sino que nos unen.

Share this post :

Facebook
X
LinkedIn
Threads

Visítanos en Instagram

Novedades
Categorías

Suscríbete a nuestra newsletter

No te haremos spam, sólo te enviaremos lo justo y necesario