Si has llegado hasta aquí, probablemente ya hayas oído hablar del caso Lindsay Clancy. No voy a explicarlo en detalle —si quieres conocerlo, puedes ver el maravilloso vídeo de más de dos horas que hizo MimiXXL para YouTube—. La pregunta en torno a la que voy a reflexionar hoy es la siguiente: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que una mujer pueda ejercer violencia sin convertirla inmediatamente en un monstruo?
En enero de 2023, Lindsay Clancy mató a sus tres hijos en su casa de Massachusetts y después intentó suicidarse. Cora tenía cinco años, Dawson tres y Callan ocho meses. Clancy sobrevivió y quedó paralizada. Nunca ha negado haber causado la muerte de sus hijos. Lo que se discute es si, en el momento de los hechos, era penalmente responsable de lo que hizo.
La defensa sostiene que sufría una psicosis posparto que había alterado gravemente su capacidad para comprender la realidad y controlar sus actos. La Fiscalía, por su parte, dice que sabía lo que hacía y que actuó deliberadamente. El juicio fue declarado nulo después de que el jurado no alcanzara una conclusión que permitiera cerrar el caso.
Es muy relevante pensar quién tiene razón, pero quizá no sea lo más interesante. Podemos volver la mirada hacia nosotras y observar qué estamos haciendo con Lindsay Clancy.
En cuanto el caso llegó a las redes, apareció la necesidad de clasificarla: asesina, enferma, víctima, mala madre, monstruo. Necesitamos saber qué es, como si esas categorías fueran necesariamente excluyentes. Y hay algo especialmente importante: era madre.
Nuestra idea de la maternidad está cargada de expectativas morales. Una madre cuida. Una madre protege. Una madre pone a sus hijos por delante de sí misma. Puede estar cansada, deprimida, sobrepasada o arrepentirse de haber sido madre, pero existe un límite que colocamos como natural: una madre no mata a sus hijos. Cuando una mujer cruza ese límite, no solo hablamos de un crimen. Parece que también necesitamos explicar cómo ha podido dejar de ser aquello que entendemos por madre.
Por eso buscamos retrospectivamente señales: fotografías, relaciones, publicaciones, medicación, comportamientos, palabras. Queremos encontrar ese momento en el que podamos decir: «Ahí estaba. Ya había algo que no encajaba». Porque nos parece que, si encontramos la señal, el mundo vuelve a tener sentido.
Aquí aparece una cuestión de género que me parece difícil de ignorar. Cuando un hombre asesina a sus hijos, podemos hablar de un «padre asesino» sin que parezca que hemos descubierto una contradicción en la propia idea de paternidad. Cuando lo hace una madre, la violencia parece atacar también aquello que esperamos que sea.
La figura «madre monstruosa»
Y quizá por eso la figura de la «madre monstruosa» resulta tan poderosa. Si es un monstruo, podemos pensar que no se parece a nosotras. No tenemos que preguntarnos por la maternidad, por la salud mental perinatal, por la atención sanitaria o por las formas de prevención. El monstruo cierra la historia y mantiene a las mujeres «normales» apartadas de la narración.
Volvamos al punto del género, y seguramente al más incómodo: ¿hablamos de la misma manera cuando quien ejerce la violencia es un hombre? Pensemos en un caso patrio como el de José Bretón. Un padre asesinó a sus dos hijos y, según la sentencia, lo hizo con la finalidad de causar a su exmujer el mayor daño posible. ¿Cuánto tiempo dedicamos mediáticamente a preguntarnos si un padre podía ser realmente capaz de algo así? ¿Cuánto se cuestionó su identidad como padre? ¿Cuánto necesitamos encontrar una explicación que permitiera pensar que, en realidad, no podía haber querido hacer aquello? Te lo digo yo: muchísimo menos. No porque la violencia de un hombre contra sus hijos sea menos grave
—lo es igual—, sino porque parece que aceptamos con mayor facilidad que un hombre pueda ejercerla de forma extrema y seguir siendo, en nuestro imaginario, un padre que ha cometido un crimen. Con las mujeres, en cambio, parece que el crimen exige destruir también la identidad de madre.
Aquí aparece otra pregunta que no sé responder, pero que creo que también tiene un fuerte sesgo de género. Si hubiera sido ella la que se hubiera marchado de aquella casa dejando a sus hijos solos con un padre que había verbalizado pensamientos de hacerles daño, ¿creéis que la culpabilización habría sido mayor que la que está recibiendo Patrick?
Porque entonces no podríamos acusarla de haber cometido un crimen, pero sí de haber incumplido otro mandato asociado a la maternidad: el de prever, vigilar y proteger constantemente.
Quiero dejar claro que comprender no es justificar. Todo esto tampoco significa que la alternativa al monstruo tenga que ser automáticamente la de víctima. Explicar una conducta a partir de una enfermedad mental no significa eliminar toda responsabilidad. Y un diagnóstico tampoco puede convertirse en una explicación universal de la violencia.
La psicosis posparto es una condición psiquiátrica grave, pero las personas que la padecen no son sinónimo de violencia. Reducir el caso a «tenía psicosis posparto» sería tan simplificador como reducirlo a «es una asesina».
Podemos sostener varias cosas a la vez: tres niños fueron asesinados, lo ocurrido es devastador y necesitamos comprender qué estaba sucediendo en la mente de quien los mató. Tampoco necesitamos convertir a Clancy en una víctima perfecta para dejar de convertirla en un monstruo.
Las personas pueden contener contradicciones que nos resultan insoportables: alguien puede haber querido a sus hijos y haberlos matado; puede haber sido una madre presente y estar gravemente enferma; puede haber sufrido y haber causado un sufrimiento irreversible.
Eso no significa que todas esas circunstancias tengan el mismo significado jurídico. Significa que quizá las personas no caben tan fácilmente en las categorías que utilizamos para sentir que hemos entendido algo.
Y en medio, lamentablemente, están las víctimas.
Las víctimas
Cuanto más analizamos a la persona que ejerció la violencia, más espacio ocupa su historia: su salud mental, su maternidad, su relación de pareja, sus medicamentos, sus antecedentes, sus fotografías, sus decisiones. Todo eso puede ser relevante. Pero Cora, Dawson y Callan no son simplemente «los hijos de Lindsay Clancy». Son tres víctimas. Comprender las circunstancias que rodearon un crimen no debería exigir desplazar a quienes lo sufrieron del centro.
Quizá el problema no sea que no sepamos qué hacer con Lindsay Clancy, sino que no soportamos no poder colocarla en una única categoría.
Queremos que sea monstruo o víctima. Enferma o asesina. Mala madre o madre que sufrió. Como si comprender una parte de lo ocurrido obligara necesariamente a negar las demás.
Pero quizá una de las cosas más difíciles de aceptar de la violencia es precisamente su complejidad. Que una persona pueda ejercer una violencia terrible y, al mismo tiempo, haber vivido circunstancias que nos ayuden a comprender cómo llegó hasta ahí. Que pueda existir sufrimiento sin que eso borre el daño causado. Que una enfermedad pueda ser relevante sin convertirse en una explicación total. Que podamos hablar de género, maternidad y salud mental sin dejar de hablar de responsabilidad.
Y, sobre todo, que no necesitemos convertir a una mujer en un monstruo para sentirnos a salvo de ella. Porque cuando hacemos eso, quizá no estamos comprendiendo mejor la violencia. Estamos intentando convencernos de que aquello que ocurrió solo puede hacerlo alguien completamente distinto de nosotras. Y quizá esa necesidad de distancia sea precisamente lo que deberíamos empezar a cuestionar. Sin olvidar nunca que, en el centro de todo esto, no hay una historia fascinante sobre Lindsay Clancy. Hay tres niños asesinados: Cora, Dawson y Callan. Tres personas cuyas vidas terminaron mucho antes de que empezáramos a discutir qué nombre ponerle a su madre.
Quizá comprender la violencia no consiste en encontrar una etiqueta que cierre la historia, sino en atrevernos a mirar todo lo que no cabe en ella.



