De Katherine a Elena: el doble femenino como construcción de identidad

En Crónicas Vampíricas, Nina Dobrev interpretaba dos caras de una misma moneda: Elena Gilbert y Katherine Pierce. La primera, dulce, buena, sacrificada. La segunda, seductora, manipuladora, libre. Dos mujeres idénticas físicamente, pero opuestas en esencia. O eso nos hicieron creer. 

El mito de la “mujer buena” y la “mujer mala” no nació en Mystic Falls. Es una herencia que viene de siglos: la santa y la bruja, la novia y la amante, la virgen y la tentadora. Crónicas Vampíricas simplemente lo envolvió en piel inmortal, ojos brillantes y mucho drama romántico. 

Elena es el modelo de la feminidad que se premia. Siempre dispuesta a sacrificarse, a cuidar, a elegir el amor por encima de todo, aunque la destruya. Katherine, en cambio, es la que no pide perdón. La que usa su cuerpo como arma y su libertad como amenaza. En su mundo, ser deseada es poder, y el amor, una distracción. Por eso la historia la castiga. 

Porque en la ficción y fuera de ella, las mujeres que eligen sin culpa suelen tener un precio. Y Katherine lo paga una y otra vez. La serie nos la presenta como “la mala”, pero si miramos bien, no hay tanta diferencia entre ambas. Elena se convierte en vampira y, poco a poco, empieza a parecerse más a Katherine: más segura, más impulsiva, menos dispuesta a pedir permiso. 

Quizás el verdadero conflicto de Crónicas Vampíricas no era el triángulo amoroso entre Damon, Stefan y Elena. Era el espejo entre Katherine y Elena. La eterna lucha entre lo que se espera de nosotras y lo que realmente queremos ser.

Crecimos viendo historias donde solo había dos opciones: ser la buena o ser la peligrosa. Pero nunca ambas. Elena representaba la aceptación, Katherine la autonomía. Una vivía para los demás, la otra solo para sí misma. ¿Y si el equilibrio estuviera justo en el medio? 

En tiempos donde el empoderamiento femenino se vende en camisetas pero aún cuesta vivirlo, Katherine Pierce sigue siendo incómoda. Nos recuerda que el deseo, el poder y la ambición también pueden ser femeninos. Y que no todas las mujeres que muerden son villanas. 

Tal vez por eso sigue fascinándonos. Porque, en el fondo, todas hemos tenido un momento Katherine Pierce. Cuando nos negamos a disculparnos por sentir demasiado, por querer más o por elegirnos primero. 

Elena y Katherine no son dos mujeres diferentes. Son las dos caras de una misma. La que el mundo espera, y la que el mundo teme. Nos enseñaron que no podíamos ser ambas. 

Pero tal vez el futuro sea, precisamente, ser las dos.

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