Allá por 2015, algo peculiar estaba ocurriendo entre los y las adolescentes. Aunque las dinámicas de los colegios y las redes sociales seguían siendo escenario de conflictos, como el bullying y la resistencia al cambio, también surgían grupos de jóvenes que comenzaban a hablar de temas importantes. En un entorno que no siempre favorecía la reflexión, discutían sobre feminismo, racismo, realidades LGBTIQ+ y justicia ambiental, utilizando plataformas como Tumblr y Twitter para conectar con otros interesados e interesadas en estas causas. Este movimiento no era masivo ni universal, pero marcaba una chispa de algo prometedor: un auge de despertar entre sectores de la juventud.
Sin embargo, menos de una década después, este entusiasmo se ha transformado. La palabra «woke«, que en su momento representaba conciencia y sensibilidad social, hoy ha sido trivializada, convirtiéndose en objeto de burla para grandes multitudes en las redes sociales. Este cambio no solo refleja cómo las plataformas digitales moldean la percepción, sino también cómo los algoritmos y la polarización han llevado a una saturación de desdén frente a temas serios.
2015: Entre la incomprensión y la conciencia juvenil
En aquel entonces, ser adolescente y tratar de hablar de temas sociales no era tampoco lo más sencillo del mundo. Había muchas personas que se burlaban de quienes usaban palabras como «privilegio» o «patriarcado», y era común que las aulas fueran escenarios de rechazo. Sin embargo, había grupos que, inspirados por la pasión personal y movimientos globales, comenzaron a cuestionar las normas establecidas. Y estos cuestionamientos, en mayor o menor medida, se recibían.
Estos y estas jóvenes encontraban en redes un refugio donde podían explorar ideas sin las mismas limitaciones que enfrentaban en sus entornos inmediatos. En estos espacios compartían reflexiones, memes con mensajes sociales y debates que buscaban educar y despertar conciencias. Aunque no era una mayoría ni un movimiento homogéneo, esta generación comenzó a plantar las semillas de una nueva forma de ver el mundo.
El auge de TikTok y el cambio de dinámica
La expresión en internet comenzó a transformarse a partir del auge de TikTok, que se convirtió en la plataforma dominante a partir de 2018. TikTok, con su algoritmo diseñado para maximizar el alcance de contenido breve y agresivo, introdujo una nueva dinámica: lo que antes era un debate dentro de círculos específicos pasó a estar disponible para todo tipo de público, sin filtros, sin contexto y sin supervisión.
A diferencia de plataformas como Tumblr, donde los usuarios y usuarias solían ser jóvenes con un gran interés en temas sociales, TikTok rompió bruscamente esa burbuja, atrayendo a personas de todas las edades y perfiles. Esto amplificó no solo las voces progresistas, sino también las críticas y las burlas hacia ellas. Los mensajes de concienciación, que alguna vez inspiraron debates, comenzaron a ser ridiculizados por personalidades de internet que los veían como innecesarios o exagerados. Por inconsciencia, miedo infundado a perder privilegios o pura ausencia empática.
Sin embargo, no fue solo la desinformación o los ataques de sectores ultraconservadores lo que debilitó el ruido en la red. Una parte importante de este cambio tiene que ver con el impacto de la cultura de lo instantáneo en la misma juventud que impulsaba estos debates. Esta adolescencia, en su afán de transformar el mundo, terminó chocando una y otra vez con un muro de cinismo, indiferencia y resistencia al cambio. Aquellos chicos y chicas que se volcaron en causas sociales con la esperanza de generar un cambio real crecieron, con mucho agotamiento.
La constante exposición a debates polarizados, el bombardeo de información negativa y la falta de resultados tangibles generaron un desgaste emocional profundo. La cultura digital, que se mueve a velocidades vertiginosas, exige atención continua, lo que terminó por quemar a esta generación. En lugar de ser un espacio para la acción colectiva sostenida, las redes se convirtieron en un ciclo interminable de indignación, esfuerzo y frustración.
A esto se sumaron problemáticas cada vez más graves de ansiedad y depresión entre los y las adolescentes, quienes no solo luchaban por cambiar un sistema que parecía inmutable, sino que también lidiaban con un entorno digital insano. Muchos niños y niñas creyeron que podían cambiar el mundo, pero pronto se dieron cuenta de que las redes sociales, lejos de ser herramientas liberadoras, estaban siguiendo un diseño (cada vez más evidente) que buscaba maximizar el conflicto y el consumo emocional.
Quienes alguna vez lideraron este despertar se vieron atrapados en un ciclo de activismo performativo, en el que todo parecía depender de cómo se veía en línea y no tanto de los cambios reales que podía generar. Este agotamiento colectivo hizo que se perdieran ilusiones, no porque sus ideales fueran menos válidos, sino porque las personas detrás de ellos no podían sostener el peso emocional y social de luchar contra un sistema tan opresivo y omnipresente. Especialmente en un entorno cada vez más hostil y juicioso.
El problema no es solo la trivialización de los mensajes sociales ni la crítica desde sectores externos, sino la forma en que el propio diseño de las plataformas contribuyó a un desarrollo social enfermizo para la adolescencia. En un entorno donde todo se mide por likes, vistas y algoritmos, incluso las mejores intenciones pueden perderse en un mar de superficialidad y cansancio.
Este desgaste emocional no solo frenó el impulso del movimiento woke, tan irónicamente llamado, sino que dejó a una generación con cicatrices emocionales profundas, marcada por la frustración de sentir que sus esfuerzos no eran suficientes. No es que dejaran de importar los temas sociales; es que la misma estructura de las redes y la cultura de lo instantáneo los silenció en casi todos los contextos.
De movimiento juvenil a “moda vieja»
Otro factor que ha contribuido al uso con una connotación evidentemente negativa del término «woke», es el paso del tiempo inevitable y como es tratado lo pasado en internet. Lo que en 2015 era una “novedad” de discurso en los espacios en línea para los y las adolescentes que querían cuestionar el sistema, ahora es visto por muchos y muchas jóvenes de 2024 como algo anticuado. Para parte de esta nueva generación, la palabra «woke» está asociada a generaciones pasadas y, en muchos casos, a una percepción de moralismo que ya no resulta atractiva.
Por ello hoy, en lugar de admirar este despertar, las nuevas generaciones han adoptado una postura más irónica y escéptica. Dormida. O adormecida. La burla hacia lo «woke» se ha convertido en una tendencia dominante, alimentada por tendencias y videos virales que trivializan las causas sociales. En este contexto, la superficialidad desvergonzada parece haber sustituido al idealismo juvenil de hace unos años…Otro ciclo en la historia.
Un cambio que va más allá de las redes
Esta transición tiene implicaciones importantes. En un entorno donde lo «woke» se asocia con exageración o ridiculez, las luchas sociales enfrentan nuevos desafíos. El activismo no solo tiene que combatir las estructuras de opresión, sino también el desprecio y la apatía generados por la banalización de sus causas.
Además, el alcance masivo de TikTok ha llevado estos debates a sectores inmensamente más amplios de la sociedad. Antes, temas como el feminismo interseccional o el cambio climático eran discusiones que circulaban en nichos específicos, pero ahora llegan discursos, de cualquier manera, de todas clases y tonos, a personas que no siempre están preparadas para entender su contexto o profundidad. Este acceso masivo, combinado con la saturación de contenido superficial, ha generado confusión y rechazo en lugar de comprensión.
¿Es posible recuperar el espíritu original?
Aunque el término «woke» un día impuesto, ha perdido parte de su fuerza (en el ojo de las redes), su esencia sigue siendo completamente relevante. Temas como la justicia racial, el feminismo interseccional, las realidades LGBTIQ+ y la sostenibilidad ambiental no han dejado de ser enormemente importantes. Mientras tanto, las élites que siempre se benefician del silencio e ignorancia, están empeñadas en adormecer a la población, haciéndole creer que esas luchas no importan o, peor aún, que no deben pensar en ellas. Que no existen. Que son cuestiones que han de molestar e incomodar. Por todo ello es fundamental fomentar espacios digitales y físicos donde se privilegie la reflexión y el respeto por las diferencias. Para que estas ideas vuelvan a ser tomadas con la sensibilidad merecida.
Y por supuesto, recuperar el espíritu original del activismo juvenil en las redes, implica también aceptar que no todas las generaciones lo abordarán de la misma manera. Es posible que los y las jóvenes de hoy encuentren nuevas formas de expresar su conciencia social. Lo importante es recordar que, aunque las modas per sé, pasan (estética, expresiones…), las luchas por un mundo más justo son y han de ser cuestiones atemporales.
Al final, el reto al que nos enfrentamos se basa en resistir a la insensibilidad y redescubrir el valor de estar «despiertos» frente a las injusticias. Si bien las redes sociales han cambiado las reglas del juego en este mundo cada vez más instantáneo, aún tenemos la capacidad de decidir cómo las usamos y qué mensajes elegimos amplificar. Y por qué no, quizá sea momento de darles la espalda por completo a unas plataformas que se han convertido en instrumentos de control masivo, diseñadas no para liberar, sino para distraer, manipular y trivializar todo lo que importa. Estas redes, que ahora controlan cada aspecto de nuestra interacción, esas que han dejado de ser espacios de conexión para convertirse en jaulas algorítmicas donde prima la falsedad y el sarcasmo hiriente.
Quizás la verdadera revolución no pase por intentar rescatar lo que ya está podrido, sino por abandonarlo. Dejar de alimentar un sistema que no solo controla lo que vemos, sino cómo pensamos, y construir alternativas que no dependan de corporaciones que lucran con nuestra atención y nuestras divisiones. Estamos a tiempo. Mientras podamos pensar no estará todo perdido. Así que más vale darse prisa.



