El cuerpo llega antes que las palabras. Antes de saber qué nombre darle al deseo, ya lo sentimos. Antes de entender qué es el consentimiento, ya nos incomodamos. Antes de poder decir «esto no me gusta», muchas veces ya hemos aprendido a callar. Y, sin embargo, a pesar de vivir en el cuerpo, rara vez nos enseñan a habitarlo.
La educación sexual —cuando existe— suele llegar tarde, mal y fragmentada. Como si hablar del cuerpo fuera peligroso, como si nombrar el placer lo convirtiera en amenaza. Pero la verdad es que no hay nada más urgente que aprender a conocerse, a reconocerse, a establecer límites y a explorar el deseo con libertad y cuidado. Hablar de educación sexual es hablar de vida.
No es solo sexo: es afecto, poder, deseo, consentimiento
Durante décadas —y aún hoy, en demasiados lugares— la educación sexual ha sido ignorada o reducida a una mínima lista de advertencias: anatomía, menstruación, prevención de embarazos. Un catálogo clínico, seco, muchas veces impartido desde la incomodidad o el miedo. Pero en muchas escuelas, ni siquiera eso. La educación sexual simplemente no existe. El silencio ocupa su lugar. Un silencio que desinforma, que deja a niños y adolescentes sin herramientas para entender lo que sienten o lo que les sucede.
La sexualidad no es solo un asunto biológico. Es también vínculo, deseo, consentimiento, emociones. Tiene que ver con cómo nos relacionamos, cómo ponemos límites, cómo cuidamos al otro y a nosotros mismos. Una educación sexual real no se limita a entregar datos: abre preguntas. ¿Estoy preparado para esto? ¿Puedo sentir deseo y miedo a la vez? ¿Cómo decir que no sin sentir culpa? ¿Qué hago con lo que me pasa si nadie me lo ha explicado?
Educar en sexualidad es también hablar de placer sin culpa. Enseñar que el consentimiento no es una fórmula, sino una práctica constante. Que no hay una única forma de amar, ni un único tipo de cuerpo que merezca ser amado. Porque lo que no se enseña, se aprende a ciegas. Y muchas veces, se aprende con dolor.
Hablar de sexualidad es prevenir violencias
Callar no protege. La falta de educación sexual no impide que niñas, niños y adolescentes vivan situaciones de abuso, coerción o manipulación. Al contrario: los deja indefensos ante ellas. Cuando no hay palabras para lo que pasa, tampoco hay forma de pedir ayuda.
Una educación sexual real permite identificar el abuso antes de que ocurra, y saber qué hacer si ya ha ocurrido. Ayuda a distinguir entre el amor y el control, entre la seducción y la presión, entre el juego y la invasión. Y no solo previene violencias externas. También nos enseña a no ejercerlas. A desaprender la cultura de la posesión, los celos como prueba de amor, el silencio como signo de consentimiento.
Aprender a vivir(se)
La sexualidad no se enseña para escandalizar ni para acelerar procesos. Se enseña para acompañarlos. Para evitar daños, para sembrar confianza. Para que el deseo no llegue teñido de culpa ni el cuerpo de miedo. Para que el amor —en todas sus formas— se viva con libertad, y no con silencios heredados. Educar en sexualidad no es un riesgo. El verdadero riesgo es seguir dejando que generaciones enteras crezcan con mitos, con vergüenza, con violencia normalizada. Porque el cuerpo —ese que habitamos cada día— merece ser conocido, cuidado, celebrado. Y eso no se improvisa: se aprende.



