Las “Sukeban”, pandillas de chicas adolescentes que se enfrentaron a las convenciones sociales de toda una nación

Sukeban pandillas de chicas en Japón

A finales de los años 60 y comienzos de los 70, nació en Japón una estética que intentaba ir más allá del canon moral y social establecido por una nación en pleno cambio y que defendía con ahínco el lugar al que pertenecían las mujeres: las sukeban. Una lucha por el anhelo de la liberación sexual que iba en contra de los roles de género establecidos hasta entonces.

El término sukeban fue acuñado por la policía de la época, que significa “chica delincuente”, para referirse a un grupo social jerarquizado compuesto por chicas adolescentes que buscaba deconstruir su identidad de género asociada a lo débil, la sumisión y sexualización en la que la sociedad las había constreñido.

Sukeban pandillas de chicas en Japón
Imagen por yaconic.com

Una lucha que iba más allá de lo estético y que defendía “que no existía dicotomía entre ser mujer y ser fuerte, que la mujer podía verse representada por nuevos valores e ideas y entender su feminidad desde nuevas perspectivas y realidades”.

Una estética significativa

Utilizaron el propio decorativo que simbolizaba la represión y sexualización de unas mujeres que eran y serían infantilizadas por su género, sus uniformes, denominados sailor fuku, una vestimenta reconocible que ya forma parte de la cultura nipona.

De estilo e inspiración marinera introducido en 1921 como parte del programa de modernización del país, fueron usados tanto en escuelas públicas como privadas. Aunque estos símbolos de unidad siempre debían ir complementados por mochilas y pañuelos correctamente anudados al cuello, las sukeban los sustituyeron por katanas y cabellos de colores neon, creando, así, una nueva estética rebelde que respirada individualidad e identidad propia.

El uniforme como manifiesto

El uniforme marcaba su lugar en la sociedad como jóvenes estudiantes disciplinadas, uniforme que reformularon y al que dieron un significado totalmente distinto, convirtiéndolo en un manifiesto textil que cada una decidió customizar a su manera: se cubrían con una falda larga bajo la que escondían armas, desde navajas hasta katanas, se acortaron y remangaron las mangas de las impecables blusas, sustituyeron los brillantes zapatos por Converse, pusieron parches en la ropa y lo firmaban con la ausencia total de maquillaje o, en su defecto, un maquillaje muy recargado.

Si sus uniformes iban a ser una diana callejera de miradas indiscretas e indeseadas, mejor que prestaran atención a sus cabellos coloridos y pensaran en la violencia que ocultaban sus faldas. Hicieron de la discreción su denuncia silenciosa de libertad: si yo no puedo manifestarme en contra de las imposiciones, que lo haga mi ropa.

Vestimenta típica de las sukeban (Imagen por vintage.com)

Como toda pandilla callejera, las sukeban seguían su propio código de castigos entre chicas, tenían rivalidades con otros grupos enemigos y cometían delitos en grupo que pronto empezaron a llamar la atención de la prensa.

Por una parte, despertaban la admiración entre otras mujeres que habían preferido seguir la norma pero que, en el fondo, ansiaban tener la valentia y el coraje rebelde de unas niñas que, en las aulas, representaban la peor pesadilla de otras chicas que acataban el código social y que seguían representando una feminidad clásica y patriarcal, todo aquello a lo que las sukeban se resistían con tanta severidad. Unas mean girls que no utilizaban la mejor estrategia para invitar a unirse a su pandilla a aquellas ajenas a su movimiento social.

Legado cultural, social y popular

Como es natural, el cine no pudo resistirse a llevar a la pequeña y gran pantalla historias protagonizadas por chicas desobedientes con faldas, demasiado monas e inofensivas como para hacer verdadero daño. Más que una amenaza real que ponía en peligro la estructura del poder y reivindicaba la identidad femenina de toda una generación, se las subestimó de tal modo que consiguieron traspasarlas a la escena del deseo sexual.

Los medios, siempre capitaneados por hombres, rápidamente se apoderaron de la narrativa y alteraron la identidad propia que se habían construido ellas mismas para adaptarlas a los esquemas del cine para adultos, dando lugar a un subgénero denominado “Pinky Violence” que disfrutó de gran popularidad entre los 70 y mediados de los 80. El mensaje de fuerza y rebeldía perdía peso frente a la erotización del propio poder femenino.

El morbo del manga y el anime

El manga y el anime tampoco pudieron dejar pasar la oportunidad, consiguiendo aumentar el morbo y la lascivia por unas adolescentes que acabaron convirtiéndose en un mito y que pasaron de ser una advertencia al sistema tradicional y patriarcal de toda una nación, relegándolas al plano de lo pornográfico y lo banal, imposibilitando, así, su oportunidad de llegar a hacer mella en un sistema que las seguía posicionando en un rol de género estereotipado con el que no se sentían identificadas.

Las modificaciones estéticas que operaron se acabaron sexualizando y convirtiendo en un banqueta para la mirada masculina, tanto es así, que muchas historias protagonizadas por sukeban se acabaron publicando en mangas seinen, un género dirigido principalmente a un público adulto masculino.

De la rebeldía a la apropiación: el legado distorsionado de las sukeban

Sin embargo, hubo alguna excepción más amable y realista, como la serie de televisión, manga, anime y película Sukeban Deka, donde la heroína, una espía ataviada con un modesto uniforme de colegiala con características de esta subcultura y armada con un yoyó, se enfrenta a poderes gubernamentales de caracter fascista.

Ya en los 90, “las sukeban se convirtieron en personajes populares y al mismo tiempo en víctimas de su propio legado corrompido, otra vez, por la mirada masculina”, convirtiéndolas en un producto para el disfrute sexual masculino.

Serie de TV Sukeban Deka, 1985 (Imagen de Filmaffinity); póster de la película Sukeban Deka, 1987 (Imagen de Filmaffinity); manga ilustrado por Shinji Wada que más tarde fue adaptado a tres live-action para la televisión, un vídeo de animación y tres películas, 1975-1982 (Imagen de cdjapan.co.jp); miniserie de animación de dos episodios del mismo título, 1991 (Imagen de anime-planet.com).

La chica mala representa una provocación hacia el modo de vida en que a las mujeres se las enseña a actuar, despertando, así, el deseo y ansia masculino de doblegarlas, someterlas a su voluntad y caprichoso. Frente al ojo público, la única manera de devolverlas al redil es infantilizádolas, sexualizándolas, restándoles importancia o no tomarlas en serio, arrebatándoles una fuerza y una lucha que las pertenece y que, una vez, un puñado de valientes se atrevió a dar un paso al frente y gritar en silencio que ya era suficiente.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Macías, C. (2022). “Contra un devenir cultural. La historia de las ‘sukeban’: catanas, neón y rebeldía contra el machismo japonés de los años 60”. El Confidencial. (https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2022-02-13/historia-sukeban-chicas-desafiaron-machismo-japones_3371357/ )
  • Parisi, F. “Las Sukeban y el Pinky Violence: desglose de una identidad feminista en Japón”. Alternativa Nikkei (https://alternativanikkei.com/las-sukeban-y-el-pinky-violence-desglose-de-una-identidad-feminista-en-japon/ )
  • Flores, C. (2022). “Sukeban: pandillas japonesas conformadas por mujeres en los 60”. Revista Yaconic. (https://www.yaconic.com/sukeban-pandillas-japonesas-mujeres/ )

 

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